23 mar 2016

Pesadillas. Parte V: Silencio.



Hacía mucho calor, por la luz que había bien podrían haber sido la una o las tres de la tarde. Lo más curioso de todo era que las nubes en el cielo no se movían y que los árboles que se veían en la distancia estaban estáticos. Era como si el mundo se hubiera detenido y tan solo ellos, que estaban de pie dentro de la piscina en la parte de atrás del edificio blanco, y yo, como un espectador en el borde de la misma, estuviéramos allí, acaparando todo el movimiento del universo.

Borja me miraba como solía hacer, de una manera dulce y nostálgica, como si tuviese miedo a que fuera a marcharme y no volver; de hecho, de no haber sido por sus dos sombras, una susurrándole cosas y la otra agarrándole la mano izquierda, hubiera saltado a la piscina para abrasarlo. Sin embargo, en tan solo unos segundos, los sentimientos que se proyectaban a través de sus ojos desaparecieron y dieron paso a un vacío desprovisto de emociones.

Mientras tanto, entre miradas y esa quietud abyecta, un pequeño soplo de aire se levantó de la nada, trayendo consigo el eco de un minúsculo movimiento de agua. Parpadeé y, súbitamente, la piscina empezó a llenarse a una velocidad pasmante. Borja intentó liberarse de aquellos dos hombres que le agarraban con fuerza y me miraban, simultáneamente, riéndose a todo pulmón. Por primera vez, escuché como gritaba mi nombre con claridad y algo totalmente ajeno a mí, me impulsó a saltar al agua para liberarlo. Cuando estuve dentro, casi llegando a donde se encontraba retenido, el nivel del agua dejó de crecer y la expresión de desesperación que tenía se esfumó.

Por unos instantes aquel patio guardó un silencio sepulcral; yo dejé de avanzar, Borja empezó a reírse a carcajadas y el hombre bajito y su cuidador levantaron las manos en mi dirección. Cerré los ojos unas milésimas de segundo y, al abrirlos, ya no estaban conmigo en el interior de la piscina. La escena se había dado la vuelta y, ahora, ellos estaba fuera, en el borde, señalándome mientras el agua reemprendía su antigua tarea. Comencé a nadar hacía las escaleras para salir de allí cuanto antes y, una vez estuve fuera, me di cuenta de que ya no estaban en el mismo sitio.


Borja estaba apostado en la entrada del edificio blanco, apuntándome con su mano mientras los dos hombres que iban con él se daban la vuelta para introducirse en el interior; fue entonces cuando creí verle pronunciar “ayudáme” justo antes de girarse y desaparecer en las entrañas de aquella construcción.  

Jearci Brown

Jearci Brown
Hoy han de llover estrellas porque no he de llorar por penas, hoy te haré el amor? yo, el enamorado poeta con letras de mil poemas mientras el sol paga su condena.

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