15 feb 2016

Pesadillas: Primera Parte.


Eran poco más de las dos de la mañana y las cortinas hondeaban delicadamente con una fina corriente de aire que entraba por la ventana entreabierta; fuera todo estaba oscuro y quieto y dentro, la habitación era silencio. Él disfrutaba de las mejores horas de sueño y, ajeno a todo cuanto podría acontecer a su alrededor, continuaba imperturbable. No sabía el motivo exacto pero siempre tuvo miedo a la oscuridad, era esa la razón por la que tenía siempre a su alcance los interruptores de la luz, de las lamparas que estaban dispuestas a ambos lados de la cama, así como velas y una linterna diminuta guardada en el cajón de su mesita de noche.

Durante mucho tiempo cuando iba a dormirse notaba que alguien le acompañaba mientras yacía en su cama; normalmente le sentía apartado, como si estuviera en un rincón cualquiera del cuadrado que formaban esas cuatro paredes. Sin embargo, otras veces le notaba cerca, de pie a su lado o con la cara pegada a su oreja. Una noche mientras descansaba, cerca de las tres de la mañana, se despertó de golpe, alguien o algo se le había echado encima y le presionaba contra el colchón mientras le gritaba cosas ininteligibles a la cara. No podía moverse y la voz se le cortaba mientras intentaba llamar a su padre que dormía en su dormitorio al otro lado del pasillo. Pasados unos segundos, todo volvió a la normalidad, el encendió rápidamente todas las luces y se metió en la cama de su padre para poder seguir durmiendo.

Después de esa noche, aprovechaba las horas del día que tenía libres para recuperar las horas de sueño que tenía atrasadas por el miedo que le daba el cerrar los ojos cuando el sol iluminaba el otro lado del globo y dejaba en total penumbra la parte que el habitaba;hasta que un buen día eso cambió e, incluso, las horas diurnas dejaron de ser seguras.

Estaba viendo una serie de televisión por el ordenador, en su habitación, unos minutos antes había terminado de hacer la comida y la había dejado reposando un poco para poder comer más tarde, así que lo puso en pause y salió a la cocina para coger la bandeja con un plato de pasta, un bol de sopa caliente y un vaso de agua. Antes de entrar en su cuarto de nuevo, escuchó algo similar al ruido que hace una canica que se cae al suelo y rueda libremente. Dejó lo que portaba en las manos encima del escritorio y regresó al salón para comprobar que no se había caído nada al suelo y , efectivamente, todo permanecía en su sitio. “ Será el viento o alguna puerta que el vecino de arriba se ha dejado abierta porque ellos no están ahora mismo en casa”-se dijo para si mismo-. Acto seguido volvió al dormitorio para seguir con lo que estaba apunto de hacer antes de ser interrumpido. Entró, se sentó y justo en el momento en que se metía la primera cucharada de sopa en la boca el mismo ruido, con igual procedencia, reclamó su atención. Se levantó, salió de nuevo y todo seguía igual que unos minutos atrás. Empezaba a tranquilizarse cuando había terminado el entrante y comenzaba a darle buena cuenta al plato con la pasta, pero el ruido regresó. Esta vez el se quedó en el salón y estando de pie ahí en medio oyó la repetición. Rápidamente descolgó el teléfono fijo y marcó el número de su madre, que vivía cerca de allí pero en otra casa, para que fuese a la suya a buscarlo. Unos minutos más tarde su madre llamó al timbre, entró en el salón, rezó una oración y antes de terminarla tenía los pelos de los brazos erizados y los ojos lagrimosos. Unas semanas más tarde tuvieron que mudarse porque su padre y su pareja de por aquel entonces habían tenido experiencias mucho más fuertes que la suya.

Durante algún tiempo no volvieron a repetirse ese tipo de episodios.


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Jearci Brown

Jearci Brown
Hoy han de llover estrellas porque no he de llorar por penas, hoy te haré el amor? yo, el enamorado poeta con letras de mil poemas mientras el sol paga su condena.

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